Preparó una taza de té, a falta de agua potable, y le añadió un chorrito de miel en vez de azúcar: “Para suavizar la garganta”, se dijo. La miel se derramó por los costados del envase y lo dejó pegajoso. Entonces vio el agujerito, como la noche anterior, igual al agujerito de la botella de aceite, inconfundible. El tacuacín había vuelto a hacer de las suyas. Observó más detenidamente y descubrió unas diminutas hormigas atrapadas dentro del tarro de miel. Si hubiese sido un frasco de cristal esto no habría pasado. Pero el cristal no es degradable y en la selva todo se quema, cada uno debe encargarse de sus propios desechos. ¿Cómo deshacerse pues de lo incombustible? Hay cosas que no queda más remedio que enterrar.

Plástico o cristal eso no importaba ahora. ¿Qué hacer con un té lleno de hormigas y una miel contaminada por un roedor? En un lugar diferente no habría dudado en tirar ambos a la basura. Pero aquí optó por verter la infusión en otra taza, transparente esta vez, y observar si había alguna hormiguita nadando en el líquido. Miró y miró: Nada, ni rastro. Un té limpio. Agarró el asa con la mano derecha y bebió: “Está amargo”.

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