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¿Qué hacer cuándo un autobús te deja en medio de una calle de Valparaíso a las 4:30 de la mañana frente a una estación de autobuses cerrada y sin lugar adonde ir?

Nada.

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Un anciano con gorra, abrigado hasta las orejas y con una pequeña bolsa de viaje se acerca a mí y me pregunta:

–¿Es eh’te el micro que va para Santiago?

–No -le digo yo-, nosotros venimos de Mendoza, Argentina.

–¡Ah! Recién llegan… Pensé que era que se iban.

Nunca me dijo su nombre, pero mi “amigo” chileno me hizo compañía hasta que abrieron la estación e incluso luego, un poco después, también. Ya no era yo sola esperando como un poste en pie en una noche fría. Ahora éramos dos. Y yo no tenía que hacer nada. Solo quedarme ahí y escuchar, porque él era el que hablaba. Él tenía una historia que contar.

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–¿Y de dónde éh uh´te? ¿De Eh’paaaaña?…. ¡Ahhhh….! de Eh’paaaaña. Me gusta mucho a mí España. Viajaba mucho yo allá, con mi señora. Viajamos mucho los dos. A Madrid, a París… hasta Finlandia nos fuimos. Y Rusia. Compramos eso que se llama… ¿Cómo se llama? El Europlan. Y nos íbamos en los trenes, primera clase. Ahhhh…. le dimos buen uso a los tickets. Porque luego, si te quedabas muchos días en Madrid, te quitaban tickets, así que había que seguir moviéndose a una ciudad y… Viajamos mucho mi señora y yo. Muuuucho. Pero ella ahora ya no eh’tá. Ella murió.

Sus ojos se pierden en otra época, en otros lugares. No me mira. Mira su propia vida, con nostalgia, y continúa recordando.

–Ella era muy buena, ¿sabe uh´té? Mi señora, muy buena. Empezamos a viajar en el año 82. Yo le dije: “vamos a hacernos una foto”. Así le dije yo: “vamos a hacernos una foto”, le dije. Y no le dije para qué, y luego que hicimos la foto ya teníamos los pasaportes. ¡Y qué contenta se puso ella! Cuando estábamos en Madrid me pellizcaba ella, así, mire Ud., me pellizcaba -(con su mano temblorosa agarra la manga de mi chaqueta)-. Y me decía: “despiértame porque creo que estoy en un sueño”… así me decía ella.

>Porque entonces viajábamos así como Ud, ¿verdad? De mochileros. Yo tenía 45 años y estaba en buena forma y ella…pues bueno… y así nos íbamos: 15 días a Madrid, 15 días a París, y dos meses con el Europlan. Pero ahora no. Ahora ya viajo todo con agencia. Y voy a la China. Y a la India. Muy bonito China. Y la India. Muy bonito. Pero ahora ya viajo sin mi esposa. Y la echo mucho de menos, ¿sabe Ud.? Mucho. Porque ella murió hace cuatro años y yo he tenido una viudez muy mala. Muy mala.

–¿Y no tiene Ud. familia? ¿Hijos? ¿Nietos? -pregunto yo, intentando animarle.

–Fíjese Ud. que no nos hablamos. Es que ella era muy buena. Y cuando murió mis hijos ya no se llevan conmigo. Es que se portaron mal cuando ella murió. Y no vinieron a verla. Tuve dos hombres y una mujer, y ella, la mujer, es igual a su madre. Pero ahora se dedica a su marido y a sus hijos y yo… yo no los veo. No tenemos relación. Ya no me hablan. Pero yo sigo viajando porque, afortunadamente, he quedado bien con las finanzas y me lo puedo permitir. Y el año pasado fui a China. Muy bonito China. Muy limpio. No ves pobreza allá en la China.

>Pero fíjese que allá, en la Plaza Roja, había como un millón de personas y yo… yo me despisté del grupo. Y miraba para un lado y para el otro y ya el grupo no estaba por ninguna parte. Y me deseh’peré. Yo andaba bien desesperado. Pero siempre hay gente que le ayuda a uno. A mí siempre me gusta ayudar a la gente que viaja sola, así como uh´té. Porque acá en Chile ahora todo está muy mal. Ahora le roban a uno. Porque si yo no me fuera ahora le decía que se viniera a mi casa, la invitaba a mi casa sin ningún compromiso, para que no andara Ud. por acá sola. Se lo digo de verdad, de corazón. Como cuando estaba yo con mi señora en Egíííto. ¿Sabe que allá, en Egipto, a los que roban les cortan las manos? No sé yo, eso dicen, porque allá roban mucho. Y nosotros queríamos ir a comprar al supermercado. Y teníamos el hotel así, como de acá a allá, como en esa calle de enfrente. Allá teníamos las pirámides, las tres pirámides allá mismo. Pero cuando íbamos a comprar allá te robaban todo. Y no pudimos salir del hotel. Tremendo como está todo. Acá también, en Chile. Antes no era así.

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A las cinco de la mañana el guarda de seguridad abre la estación y entramos intentando guarecernos del frío. Él compra su boleto y muy orgulloso me lo presenta:

–A “y veinte” sale el micro. Para Santiago. Y después hay que tomar otro al aeropuerto. Para las montañas. Un lugar muy boniiiiito, con musha nieeeeeve.

El destino en cuestión no se lo consigo entender, o bien porque no lo ha dicho, o bien porque no he comprendido bien su acento. A veces habla muy bajito, y deprisa, y se detiene enfatizando unas sílabas por encima de otras en una tonada que se vuelve pegadiza. En su discurso salta de un viaje a otro, de un recuerdo a otro, de la imagen de su mujer a sus últimas excursiones solo. Y así, de algún modo, consigue saltar otra vez a sus recuerdos de España y retomar el hilo de la historia de China, que había dejado incompleta por el camino.

–No, en España no nos trataron bien. La gente está así como enojada, molesta. Hasta la comida nos quitaron. Y el agua. Y nos gritaban: “Ya váyanse de aquí”, como con rabia. Y yo no podía entender. No, ya no. Ahora si voy a Europa yo ya no quiero pasar por Madrid, porque no nos trataron bien. Pero en la China es otra cosa, porque allí yo andaba perdido y llegó un hombre y yo le explicaba así en español y un poco mal en inglés, y su inglés era aún peor y no nos entendimos. Y yo sé que él quería ayudarme, pero no nos entendimos.

>Y yo de joven era un atleta, ¿sabe Ud.? Pero ya no, pero igual corrí 20 kilómetros buscando al grupo. Corrí para encontrar al grupo, pero naaaada. Allá había como un millón de personas en la Plaza Roja. Y yo ya estaba todo desesperado. Y me fui a la esquina de una calle para que me vieran bien por si me estaban buscando. Y luego hay una foto, y es muy graciosa, pero yo es que ya no sabía qué hacer.

>Porque el chinito me quiso sacar la foto porque yo ya, en mi desesperación, me puse allá con los brazos en alto, porque tenía una bandera de China, y yo levantaba la bandera en la esquina, para que me vieran, y gritaba: “¿Alguien que hable español?”, “¿quién habla castellano?” Allá me puse con la bandera, porque ya no sabía qué hacer, pero nada, nadie hablaba castellano. Y como me veían gritar y mover las manos pensaban que estaba contento. Y el chino me hizo la foto y ahora, cuando la veo, parece que estaba yo todo contento allá en la plaza, celebrando, pero en verdad que estaba bien desesperado entonces. Porque no tenía tampoco ni documentación. Pero llevaba el papelito del hotel, del check-in, porque había guardado yo ese papelito en mi calcetín, junto con el dinero…

Sin querer, mis labios comienzan a tornarse en un ademán de sonrisa. Imagino la escena de este anciano de cuerpo estirado y andares dignos, le veo levantando la bandera y gritando como loco en China. Ahora mi mueca es incontenible. Pienso en la parte grotesca y ridícula de esta anécdota, cargada de comicidad, a la vez que me avergüenzo por reírme de la angustia que debió haber pasado este hombre en ese momento. Pero la risa es algo que surge genuinamente, a veces en las situaciones de mayor drama, como una especie de válvula de escape de las emociones humanas… Él no parece darse cuenta y continúa su relato:

–Porque yo me metí en un lugarcito a comer. Porque allá no hay calles. No se puede cruzar la calle. Todo hay que ir por túneles, ¿sabe Ud? Y allá comienza un señor y viene y me toca así en la pierna y yo pensaba: “¿qué querrá este chino? ¿A ver si se va a pensar que yo soy de esos así…?” -y a pesar de que el hombre nunca mencionó la palabra gay ni homosexual, entendí perfectamente a qué estaba aludiendo, aunque no logro recordar el término específico que empleó- y yo me volví bien airado y le insulté bien fuerte. Y me fui de allí. Y fue luego cuando le cuento que este señor bien vestido, que se veía que era un caballero él, sale del taxi y viene hacia mí, que estoy en la esquina, con mi bandera, y me pregunta él así con gestos, como encogiéndose de hombros… y yo, yo no sabía cómo decirle… pero entonces eché mano al calcetín y le di el papelito del hotel. Y así él llamó, así tan fácil. Llamó por su teléfono al hotel y les dijo de mí y de que no encontraba mi grupo. Y Patti, la niña que nos servía como intérprete al grupo, dijo que me habían estado buscando. Al parecer, hasta la embajada estaba buscando por mí. Y ya así fue como me encontraron. Así no más, con una llamada de celular.

–¿Y cuánto tiempo estuvo Ud. solo, perdido?

–Cuatro horas. Cuatro horas estuve perdido en China. Cuatro horas.

Minutos más tarde él sube a su autobús para continuar con su viaje… y yo con el mío.

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