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El Río Dulce es algo así como una experiencia más que un lugar. Es un hábitat de aves, y peces, y plantas. Es un momento parado en el tiempo. Es una mirada hacia un pasado remoto, quizá real, quizá imagonario. Es una masa de agua que se extiende por un tiempo indeterminado más que por un espacio concreto.

–Cuán cerca queda Casa Guatemala del puente de Río Dulce?

–“Saaabé” -diría yo. Sin embargo mi respuesta es otra:

— Depende -contesto- Depende de en qué lancha viajes. Si vas en la de Antonio, el vecino de la aldea Las Brisas, Casa Guatemala queda a una hora del hotel Backpackers, el hostal que se encuentra justo debajo del puente. Pero si vas en la lancha de Pato, con un motor más potente y con menos gente a bordo, entonces la escuela está a tan sólo 10 minutos más o menos.

Me gusta medir distancias con el tiempo que, a su vez, es también relativo. Si alguien me dice que va a llegar a una hora, primero pregunto: “¿hora normal u hora guatemalteca?” Porque aquí el reloj sirve como mero orientador. Lo normal es que el horario guatemalteco se retrase siempre con respecto al horario “normal”, pero… ¡cuidado! Mucho ojito con llegar tarde, porque ese día pueden ser puntuales y dejarte en tierra.

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Tiempo es algo que siempre me suele faltar hasta que me paro a pensar sobre ello. Si yo soy capaz de controlar mi tiempo en vez de al revés, he descubierto que puedo disfrutar de él e incluso dejarlo ir, darle un respiro.

Por días he estado angustiada ante la idea de tener que despedirme de “mis” peques. Después de tres meses rodeada de niños, de darles clases, de ducharles, pedirles que se cepillen los dientes, jugar con ellos, nadar con ellos, castigarlos cuando se portan mal, curarles sus heridas, leerles cuentos o desearles buenas noches; después de ser su “seño” y su referente materno/paternog, después de pasar por Casa Guatemala, de recibir un diluvio de cariño y de dejar allí un trocito de yyymí; después de todo eso y mucho más, no me resultaba nada fácil terminar mi plan de voluntariado y seguir mi camino. Mi avión aguardaba y vivir en la escuela no era sostenible son tener recursos de fuera. Para poder regresar debía, primero, encontrar fuerzas para marcharme.

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El día en que me tenía que ir me levanté sin haber hecho siquiera mi equipaje. Me desperté temprano con la idea de ir en la lancha de Antonio, que sale a las 8:00 de la mañana. Fue entonces cuando el tiempo pasó a un segundo plano. Minutos después de las 6:00 de la mañana un grito de desesperación me sobresaltó en mi cuarto. Era un llanto aterrorizado, un inabarcable espanto manifestado en sonido.

Se trataba de una voz de niño o de niña pequeña. Primeramente pensé que alguien del pueblo traía a su bebé enfermo a la clínica en busca de ayuda. Pero el tono de terror que acentuaba esa llamada de auxilio me alertó sobremanera y, sin más, salí afuera para ver qué estaba pasando.

Detrás de un vivero abandonado, frente a la casa de voluntarios, entre los árboles, reconocí el mono azul de trabajo de Rogelio, el señor de ojos rojos y mirada torcida que se encargaba de cuidar los cerdos.

–¡Rogelio! -grité con determinación- ¿Qué pasa? ¿Hay alguien enfermo?

–no,… Em… Es sólo que… ud. ya sabe, yo no quiero que, em…

–Rogelio, ¿quien llora? ¿Alguno de sus hijos se siente mal?

Su español era poco claro. Su primer idioma es el q’ecqchí y, entre que no vocalizaba, que se le veía aturdido, y que no encontraba las palabras para expresarse, mi nivel de ansiedad fue en aumento. En ese momento entendí lo que estaba pasando, aunque no quise confesármelo a mí misma.

Rogelio seguía su discurso entrecortado intentando explicarse:

–Es que yo no quiero hablar con Seño Lili, porque Ud. sabe… no hace caso y la mamá lo manda que haga unos mandados y no hace caso y yo… no quiero… Seño Lili… porque los niños… Ud. sabe.

–¿Quién es? ¿Óscar? ¿Es su hijo Óscar quien está llorando?-insistí.

–No, no, no es Óscar. Es Elena.

En ese momento mis compañeras habían salido ya afuera para ver que sucedía. Su expresión era de incredulidad y horror. Ellas también lo sabían. Lo intuían. No hacían falta palabras para explicar que el aire se había vuelto denso de pronto y que costaba respirar.

–¿No habrá pegado usted a Elena? -me atreví a preguntar-. Rogelio, ¿ha pegado usted a su hija?

–Ja,ja -ríe él nerviosamente- los niños, Ud sabe… ellos gritan cuando uno los corre. No, nada. Él sale corriendo y yo… nada.

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La niña hace tiempo que ha dejado de llorar. No se la ve por ninguna parte. aún no estoy segura de que sea Elena, porque Rogelio sigue hablando en masculino, probablemente por su idioma q’ecqchí.

–Tráigame a la niña -le ordeno, tajante.

Las otras dos chicas observan en silencio, sin atreverse a intervenir. Tenerlas ahí, apoyando con su presencia, me anima a no desistir.

–Traiga a Elena. Quiero darle un té a su hija para que se tranquilice.

Él sigue murmurando para sí mismo algo ininteligible y vuelve a adentrarse entre los árboles, por detrás del vivero. Yo apenas puedo verlo, pero mis ojos siguen clavados en su uniforme azul. No quiero perderle la pista ni por un momento. Para mi sorpresa, Rogelio regresa con su hija en brazos. Aún no quiere dejarla allí conmigo, pero yo ya sé la estoy quitando de las manos, atrayéndola hacia mí y llevándola hacia los asientos del patio.

–Hola Elena, preciosa, ven aquí. ¿Quieres desayunar?

Mi voz es casi un susurro, llena de dulzura hacia esta pequeña de tan sólo siete años. Rogelio, detrás de mí, habla a su hija en q’ecqchí, como aleccionándola. Pero yo no le hago ni caso.

–Mira -hablo cariñosamente a la niña-, podemos desayunar juntas. ¿Quieres un vaso de leche?

Elena me mira y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Al momento, las otras voluntarias entran en la casa y aparecen con una taza de leche caliente.

–¿Te gusta? -pregunta Tania sentándose junto a la niña.

Yo aprovecho para ir a la cocina y prepararle unas tortillas de maíz con Nutella. Como se suponía que iba a marcharme ese mismo día no tenía más que ofrecerle, pero pensé que desayunar una especie de crêpe con chocolate de untar no podía decepcionar a ningún niño. Al salir con mi plato, Rogelio aún seguía allí.

–Váyase a casa, Rogelio -Mi voz es tajante-. No se preocupe, que nosotros le llevamos a la niña cuando acabe de desayunar.

–Pero… -Rogelio no se da por vencido- deje que le cuente. Hace dos años ya pasó esto y luego Seño Lili habló con Armando, con el gerente… Y Armando vino a la casa y llegó a la casa y habló muy serio y yo… dijo que en prisión y que la policía y usted, seño, usted no entiende. Pregunte a la mamá.

–Está bien, Rogelio, váyase, que nosotras cuidamos de Elena. Ella sólo se va a quedar aquí tranquilita tomándose su leche.

Para cuándo él se fue, el resto de voluntarios ya estaban al tanto de lo que había pasado. Mara, una austríaca con estudios en psicología infantil, sacó un cuaderno y pinturas para entretener a la pequeña. Me dijo que me quedara junto a la nena mientras ella se iba a hablar con Seño Lili, la directora de la escuela. Yo le pedí que no fuera sola. No eran ni las seis y media de la mañana.

Ni qué decir tiene que esa mañana no. Acabé, o más bien ni empecé, a hacer mi equipaje la lancha de Antonio se fue sin mí y tuve tiempo de sobra para cambiar de planes. image

 

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