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¿Y usted, cómo se llama?

–Antonio

–¡Ah! Antonio. ¿Y es usted de aquí, de la Ciudad de Guatemala?

–No, no, yo soy del Quiché.

–¿Y dónde queda eso? ¿Al Norte? ¿Al Sur?

–Al Norte.

Más tarde, ya en el hostal, en un mapa de Guatemala extendido en la mesa del desayuno Antonio me señalaba su pueblito. Un lugar pequeño llamado Izol, entre montañas, próximo a la frontera con México. Desde allí había que tomar 3 autobuses para llegar a la Ciudad de Guatemala, en una ruta que tardaba aproximadamente 12 horas.

Al principio Antonio no era para mí más que un trabajador del hostal. Alguien que acompañaba a Rosa, la chiquilla que manejaba la furgoneta y que me vino a buscar al aeropuerto. El pelo encrespado de Antonio hacía juego con sus intensos ojos negros. Era de piel oscura, facciones finas y estatura media para ser guatemalteco (a mí me llegaba por los hombros). Tenía una educación intachable y hablaba español con elegancia.

Fue después, cuando Marco me dijo “¿quieres ver un documental?”, fue entonces cuando conocí la historia de Antonio. Porque todos tenemos una historia que aflora a la superficie solo con que rasquemos un poquito con la uña.

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–¿Quieres ver un documental? Era Marco, el dueño del hostal Quetzalroo, quien me hacía la pregunta.

–¿Qué tipo de documental?

–Se titula “Granito de arena”

Acto seguido se sentó frente a la computadora y se puso a teclear para mostrarme información sobre el tema. “Mira” dijo señalando la pantalla, “éste es mi amigo Antonio Caba, él sale en el documental”. En cuanto vi la foto reconocí esos inconfundibles ojos negros y, sorprendida, exclamé: “¡Antonio! Sí, ya le conozco”. Es el señor que me vino a buscar al aeropuerto. Entonces pensé que quizá Antonio no trabajaba en el hostal como yo había supuesto en un primer momento. ¿Quién era pues ese hombre y qué hacía allí?

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