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La treinta sesenta y ocho

el jardin de los cerezos

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La hora del té… en la selva guatemalteca

Preparó una taza de té, a falta de agua potable, y le añadió un chorrito de miel en vez de azúcar: “Para suavizar la garganta”, se dijo. La miel se derramó por los costados del envase y lo dejó pegajoso. Entonces vio el agujerito, como la noche anterior, igual al agujerito de la botella de aceite, inconfundible. El tacuacín había vuelto a hacer de las suyas. Observó más detenidamente y descubrió unas diminutas hormigas atrapadas dentro del tarro de miel. Si hubiese sido un frasco de cristal esto no habría pasado. Pero el cristal no es degradable y en la selva todo se quema, cada uno debe encargarse de sus propios desechos. ¿Cómo deshacerse pues de lo incombustible? Hay cosas que no queda más remedio que enterrar.

Plástico o cristal eso no importaba ahora. ¿Qué hacer con un té lleno de hormigas y una miel contaminada por un roedor? En un lugar diferente no habría dudado en tirar ambos a la basura. Pero aquí optó por verter la infusión en otra taza, transparente esta vez, y observar si había alguna hormiguita nadando en el líquido. Miró y miró: Nada, ni rastro. Un té limpio. Agarró el asa con la mano derecha y bebió: “Está amargo”.

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Estambul

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Estambul, 14 julio 2014

Vista de Estambul desde el Puente Gálata

Vista de Estambul desde el Puente Gálata

Estambul me recordaba a novela. Me sabía a imaginación más que a realidad. Me sonaba a pasado y a leyenda. Pero también a terreno conocido, a casa, a comodidad.

Llegué a Estambul con los ojos rojos y la mochila a cuestas. Sola. Volvía a recuperar las riendas de mi viaje. Estambul era Europa, era cercano a casa. Era la certeza de saber caminar por sus calles y moverme entre sus coches. De buscar lo más escondido para encontrar la satisfacción de conseguirlo. Veía ya la postal del Bósforo que iba a contemplar desde la terraza-azotea de mi hostal.

Pero algo se truncó. Julio. El calor. La distancia entre el metro y el tranvía. Los vagones llenos. El segundo tren. La parada en la vía. El retroceso. La vuelta al camino. El túnel que no aparecía. El taxista perdido. La callejuela de bajada. La puerta inhóspita del hostal.

Un hombre salió a mi encuentro unos minutos más tarde, cuando sudorosa y confundida, intentaba empujar sin fe la cancela de un portón de hierro desvencijado.

–“Good morning, madam”. Me llamo Fepsi.

–“Good morning”. Buenos días. ¿Es aquí por donde se entra al hostal?

Al parecer así era. Del otro lado de la puerta, un estrecho pasillo se abría en escaleras y llevaba hasta mi habitación, en el cuarto piso. No tenía necesidad de compartirla con nadie, puesto que yo debía de ser la única inquilina. Fepsi jadeaba por el esfuerzo de haber acarreado mi mochila hasta arriba.

–“Small room”, habitación pequeña… Privada… mismo precio… -entre palabra y palabra el hombre necesitaba hacer un descanso para tomar aire.

–Está bien. Gracias. ¿El baño?

–¡Ah, sí! Por aquí.

Y muy satisfecho de sí mismo y del lugar que me mostraba me condujo a un aseo con ducha y mampara desequilibrada. No había ni rastro de terraza con vistas, no se oía el respirar de ninguna otra persona. En principio, mi refugio en Estambul no tenía el más mínimo toque novelesco y sí un ácido regusto a realidad. Agotada, me dormí sobre la franela rosa descolorida de la litera superior.

Me desperté repentinamente. No habría pasado más de media hora. Hacía tanto calor… No había aire acondicionado y la ventanucha del cuarto apenas servía de agujero de ventilación. Necesitaba una ducha. Comprobé, sorprendida, que el agua tenía buena presión y que podía regular su temperatura a mi antojo. Un triste secador colgaba abandonado de un clavo en la pared. Quizás el sitio no iba a estar tan mal después de todo. Me dispuse a deshacer mi equipaje y arreglarme para dar un paseo. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo faltaba.

La pérdida de mi tarjeta me devolvió bruscamente a esa sensación extraña de olor a rancio que me había acompañado desde que entré en el hostal. Sin efectivo, ni dólares o euros que cambiar, la imposibilidad de sacar dinero de un cajero dificultaba muchísimo mis esperanzas de vivir en líneas propias La pasión turca que tantas veces había recreado en mi memoria. Torcida, pero no doblada, salí a la calle y fue allí donde encontré la solución.

Localicé rápidamente la avenida peatonal Istiklal caddesi. Me recordó a la Gran Vía de Madrid y me envolvió un sentimiento cálido de seguridad. Arreglé mi teléfono para disponer de internet en cualquier momento y en un cajero cercano respiré aliviada al pasar mis dedos por los dieciséis billetes de 50 liras turcas que mi tarjeta de repuesto, la de mi banco en España, me había proporcionado. Y digo que fue un alivio porque esa tarjeta había sido reemplazada por una nueva que guardaba aún en un sobre cerrado en mi domicilio de Madrid. Todo este tiempo había pensado que la antigua estaba ya desactivada y que no iba a funcionar. Pero me equivoqué.

La vista de los escaparates de una pastelería endulzó mi paladar y, sin rumbo ni cavilaciones previas, giré en sentido opuesto a los postres y acabé entrando en una iglesia. Me senté y esperé.

Los turistas se movían haciendo fotos por los laterales, pero la música que se escuchaba acaparó toda mi atención. Cuando miré hacia atrás descubrí que eran las teclas del órgano de la iglesia las que llenaban el fantástico espacio acústico del templo. Estaba asistiendo, en directo, a un recital de la más alta calidad. Las notas sonaban fuertes, inundándolo todo. Siglos pasados resucitaban en las partituras. Conmovida, pensé en mi vacío y lloré. Pensé en la idea budista de deshacernos de los deseos para no sufrir. Y no pude contener las lágrimas. Pero una pieza llevaba a otra. Entonces pensé en la ópera. Y me concentré en la música. Y miré a los paseantes que coleccionaban instantáneas ajenos al concierto que se estaba desarrollando ahí mismo, frente a ellos. Y me sentí especial. Ya no olía a rancio. Ya no tenía que hacer nada. Solo volver a la calle y caminar.

Estambul se desdoblaba ahora ante mí sin previo aviso. Me revelaba sus teterías y sus mercados. Encontré lo que no buscaba. Y me senté en un rincón a escribir mientras bebía una infusión de hierbas. Quizás el sitio no iba a estar tan mal después de todo.

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Haleluyha! ¡Aleluya!

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imageAmritsar, 2/7/14

–Haleluyha!

No pregunté su nombre ni de dónde venía pero su bendición me acompaña y su imagen ha quedado digitalizada en mi cámara y en mi memoria.

imageHablamos. No sé qué nos dijimos. Vino a mí con su hija, sus nietos, su larga y colorida familia. Toda de blanco, como una estampilla de Fátima. Vestida con una sonrisa que apergaminaba aún más su ya de por sí envejecida piel. Sus manos me hablaban, me tocaban,  me conectaban a ella. Sus ojos se abrían jóvenes en su rostro anciano y sus palabras me sonaban familiares y extrañas a la vez.

–Namasté

–Namasté -le respondí juntando mis palmas en oración e inclinando mi cabeza ante ella con respeto.

–Gurdwara Harmandir Sahib -creí entender que dijo.

–Sí, sí, Gurdwara. Fuimos al templo. Al Golden Temple de los Sikh. Todo de oro. Nos gustó mucho. We loved it. -Dije yo, en español e inglés mientras cruzaba mis brazos en forma de equis sobre mi pecho, en reverencia ante la belleza de ese magnífico lugar que mi amiga Kirsty y yo habíamos visitado el día anterior.

–¿Gurundara? -Balbuceé intentando pronunciar en hindi la palabra templo.

–Gurd-wa-ra -me corrigió ella- Gurdwara Harmandir Sahib -asintió complacida con el nombre completo. -Haleluyha!

–¡Aleluya! -repetí yo.

Me miraba a los ojos cuando me hablaba y sostenía mi mano entre las suyas. Podía sentir la suavidad de su firme apretón, sus dedos finos, sus largos huesos. Yo, sentada sobre la hierba con mis piernas cruzadas. Ella, de cuclillas, doblando en ángulos imposibles sus rectas y delgadas extremidades. Me bendijo. Derramó sus oraciones de protección y gracia sobre mí. Me adoptó sin más. Como si fuera parte de su clan. Y yo la escuchaba y la entendía.

–Soy de España. I am from Spain.

–Spain? Haleluyha! -(Y abría sus manos monstrándome sus palmas hacia arriba)

–Aleluya -correspondía yo, y continuaba dialogando con ella- Tiene una hermosa familia. ¿Sus nietos? Grandchildren? Muy guapos.

Y ella empujaba al más pequeño hacia mí para que yo lo abrazara. Acabábamos de conocernos. No hablábamos el mismo idioma. Pero me sentía halagada por la confianza que depositaba en mí. Y yo en ella. En todos.

Qué momento especial. Cuando Kirsty y yo entramos en el parque esa mañana no esperábamos ser acogidas con tanto cariño. Jallianwalla Bagh es una zona ajardinada en Amritsar, al norte de la India. Una llama encendida y un monumento honorífico conmemoran las 1500 víctimas civiles sacrificadas allí mismo en 1919 cuando el ejército inglés abrió fuego contra ellos.

–Today I am from the United States -susurró mi amiga inglesa. Kirsty no quería que la vieran como el enemigo, no quería sentirse responsable por tantas muertes.

–Sure, your American accent is almost as good as mine -bromeé yo, haciendo referencia a su perfecta pronunciación británica y a mi marcado acento español a la hora de hablar en inglés.

Sin embargo, no teníamos nada que temer. Nuestra piel y nuestras facciones occidentales llamaban la atención en una ciudad a la que los turistas extranjeros no parecían asomarse. Apenas nos vieron empezaron a pedirnos fotos. Grupos enteros hacían cola para posar ante sus cámaras dándonos la mano, sentados en medio de las dos, o pidiéndonos que nos retratáramos con sus hijos.

La mujer de blanco se acercó más tarde. Kirsty y yo, intentando apartarnos de la curiosidad que habíamos despertado, habíamos ido a refugiarnos a una zona alejada del jardín, a la sombra de unos arbustos. Pero la tranquilidad nos duró poco. La anciana y toda su familia caminaron apresurados a nuestro encuentro. No tenían cámaras de fotos, sólo querían estar próximos a nosotras, mirarnos, tocarnos, aceptarnos entre ellos.

Cuando la mujer hablaba conmigo intenté explicarle lo mucho que amaba India. Era tan agradable mantener una conversación con ella. Habíamos salvado las distancias culturales y las barreras lingüísticas. Nos comprendíamos a un nivel diferente. Le enumeré los lugares que había visitado y que podían resultarle conocidos: Delhi, Jaipur, Agra. Ella asentía y sonreía.

–Delhi, Agra -repitió.

–Sí, sí. Y el Taj Mahal es mi edificio favorito -le confesé- precioso. Pero de todas las ciudades Amritsar es la que me ha cautivado espiritualmente. El Golden Temple es especial. Gurdwara Harmandir Sahib es especial.

–Haleluyah! Volvió a exclamar ella con regocijo.

–¡Aleluya!

Anciana con su nieto

Anciana con su nieto

Jallianwalla Bagh, memorial park

Jallianwalla Bagh, memorial park

 

 

India

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Fotos en Delhi y Amritsar

Fotos en Delhi y Amritsar

India fue siempre el destino de mi viaje. El lugar que no podía pasar por alto. El paisaje que había dibujado mil y una veces antes de llegar. Un país en el que, de tanto pensarlo, ya había estado. Por eso no me asaltaron sus olores ni su suciedad, sus gentes ni su pobreza. No me aplastó su ardiente verano ni me molestaron las miradas curiosas. No me enfermó su comida ni me aturdió su ruidoso tráfico. Porque nada me era extraño. Porque mi percepción escogía caprichosa la hermosura de sus mujeres caminando en remolinos de color bajo el sol diurno, los hombres acuclillados reunidos en pequeños grupos a la orilla de las carreteras, los niños de ojos negros y mirada de adulto, los viejos, las viejas, los turbantes de los Sick, las cabras, las vacas, los camellos. Un lugar grabado a surcos en el rostro y el agitado devenir de la multitud que lo puebla.

How I planned my trip around the world in ten steps

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I am now in Singapore and it has been almost five months since I departed from Spain to start my trip around the world and many people keep asking me: How did you plan it?, where did you buy the plane tickets?, how did you pack? what places have you visited? Well, I think it is time to answer all these questions and evaluate how this journey is going.

First of all, in my case I always had this crave for travelling, and for the past 8 years or so I had been fantasizing about doing a world trip. However, I always imagined travelling with someone else. Nevertheless, one thing I have to confess is that the best part of this experience has been to do it on my own. Travelling alone I have total freedom to go where I exactly want to go, I mingle with all kinds of people, I keep my eyes and my spirit open to everything that surrounds me, but mainly, I am able to listen to myself, to let this trip penetrate my inner soul. Therefore, once you have a desire to travel and you set up your mind, you have to start finding a way to set yourself free from daily responsibilities such as a regular job, a house, pets, plants. To travel alone you need to be able to say good bye to family members and friends, to figure out what to do with your furniture and your car, to find a way to declare your taxes when you are abroad, and, in my case, to have a plan in mind to keep on going with my life after the end of the trip. Here are some of the steps I followed:

  1. I decided I needed to quit my job, so I calculated my savings, worked some summers to get more money, and chose the best date for me to announce it to my boss and to put my two weeks notice. I am a teacher, so I chose to leave after the first semester of school had ended, right on December 2013.
  2. Fortunately I was renting an apartment, and when it was time to renew my lease, I told them I would be leaving at the end of December. This was a very easy task. The difficulty came when I had to think of my belongings: car, furniture, clothes, books, cooking ware… It took me a while, but I found a moving company and the perfect storage building by my house where I settled a prepayment of six months with a monthly renewal charged to my credit card. My furniture would be safe and my payments would be automatically withdrawn from my account. As for the car, I didn’t want to sell it, so I lent it to a friend of mine who would be driving it under her own insurance and taking care of it until my return.
  3. I joined an international organization called internations.org, where I met people from all over the world who gave me travelling tips and good advice about places to go or not to go. This online group plans events in many important cities worldwide, so almost everywhere I would be travelling I could always join their activities and be part of a trustworthy group of people, no matter which country I would be in.
  4. I booked my flights taking advantage of the good price of a round-the-world ticket. You can purchase it through oneworld.com or staralliance.com. They come with some restrictions, as number of maximum miles you can travel, number of stopovers, and the rule of always following East bound or West bound directions. You can book online and they present you the map of the world so you have a great visual of your journey. Although you have to set specific dates at first to book your trip, you can change these dates later on, during your journey, free of charge. I booked my ticket with Star Alliance and the changes have been very easy to make, just a quick phone call and excellent customer service. Regarding prices, it could vary from US$ 5,000-8,000 total. I paid around US$ 7,000 to visit 12 countries in 5 continents.
  5. I talked to my banks to make sure they knew about my trip and they wouldn’t cancel my credit and debit cards. To know more about the best way to get cash and pay for your journey expenses along the way, refer to my blog entry from December 11, 2013 (Risky business: money, money, money) where I talk extensively about it.
  6. I decided to come up with a potential plan on what to do once the trip was over. I knew even though I loved my job I didn’t want to get back to it, so before I left town I applied for a posgrade college degree. I told myself I could always change my mind later on, but I wanted to have something to look forward to doing upon my return.
  7. Packing is very personal. It depends on the countries you are going to visit and the weather. I chose for the most part to follow hot temperatures and dry seasons, although I had to include a raincoat and a sweatshirt, just in case. My best advice is to make sure you have a good backpack and a light and small sleeping bag. Everything else (and I mean everything else: medicines, clothes, toiletries, shoes, towels, books, phones, cameras, etc.) can be bought during your trip, and probably cheaper than home. I wanted my backpack to be light and easy to pack, so I chose one which opens as a duffle bag and can be turned into a sports bag for easier flight check-in (see picture 1). As for the sleeping bag, right now you can buy some good ones that fit in a very small area and weight no more than 500grams  (see pictures 2 and 3). Many hostels will offer bedlinen, but carrying a sleeping bag will never hurt you.
  8. Some countries will not let you in unless you present proof of some vaccinations such as the yellow fever to enter India if coming from South America. I am not very fond of needles, but I recommend you to get at least your tetanus and your hepatitis A and B shots and to do some research on your own if you want to visit some remote places. A good reference page is passporthealth.com. I met many travellers who didn’t care much about immunizations nor health insurance, but you can always get a cheap annual traveller’s insurance online. I bought mine through AXA. By the way, if you are planning on doing some temporary work or volunteer work while travelling, some companies will require you to present proof of insurance.
  9.  Paperwork is always boring, but you need to make sure you have your passport in good standing, with enough free pages, and that you apply in advance for visas required by the countries you plan to visit (getting my Indian visa wasn’t easy and took me a couple of months and some headaches, so do not let this for the very last minute. Plan ahead). Also, try to be informed about any safety issues affecting the places you want to visit. I have never felt threaten nor unsafe using public transportation or walking by myself in any country (from Guatemala, to Brazil, or Malaysia), but you always need to use good judgement like avoiding conflicting places and dark allies at night. I recommend you enroll in the Smart Traveler Enrollment Program and keep an eye on the news and the International Travel Warnings given by your Embassy or Consulate. But please, do not feel discouraged by the news. The world is a much safer place than the TV wants us to believe. Everybody everywhere will try to help you. In my travels I have encountered the best people in the poorest countries.
  10. Select your destinations wisely. Follow your heart and your own wishes. Do not visit what everybody else visits nor go where others tell you to go. This is your trip. Have fun designing it, imagining it, and living it. It is normal to be nervous at first. It always helps to speak at least a couple of languages, like English and Spanish, but it is not absolutely necessary. Keep an open mind and ask locals for help. To find affordable places to stay, use hostel accommodations or try couch surfing and airbnb. to help your budget. Booking.com and lonely planet were great tools to book my hostels on the go. Finding volunteering opportunities will also help you save money in lodging and food expenses at the same time that you help others and get immersed in the real life of real people living in that place. I started my trip volunteering at a school/orphanage in Guatemala (Casa-Guatemala.org) and I cannot find a better way to begin a world trip journey.

These were the 10 steps I followed and, after 5 months of travelling, I have never regretted quitting my job nor initiating this fascinating adventure. I haven’t felt lonely nor in danger. I have not been robbed nor attacked. I have met pretty amazing people and I have learned about the world first hand. I assure you it is much better than you think. So, go ahead, find the way, book your one way ticket somewhere, get in a bus, or buy a round-the-world fare. Whatever you do, do not deny yourself the joy of travelling.

Picture 1: OSPREY backpack

Picture 2. Sleeping bag

Picture 3 -- Sleeping bag ready to pack

Picture 3 — Sleeping bag ready to pack

La historia de Elena Leysa

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El Río Dulce es algo así como una experiencia más que un lugar. Es un hábitat de aves, y peces, y plantas. Es un momento parado en el tiempo. Es una mirada hacia un pasado remoto, quizá real, quizá imagonario. Es una masa de agua que se extiende por un tiempo indeterminado más que por un espacio concreto.

–Cuán cerca queda Casa Guatemala del puente de Río Dulce?

–“Saaabé” -diría yo. Sin embargo mi respuesta es otra:

— Depende -contesto- Depende de en qué lancha viajes. Si vas en la de Antonio, el vecino de la aldea Las Brisas, Casa Guatemala queda a una hora del hotel Backpackers, el hostal que se encuentra justo debajo del puente. Pero si vas en la lancha de Pato, con un motor más potente y con menos gente a bordo, entonces la escuela está a tan sólo 10 minutos más o menos.

Me gusta medir distancias con el tiempo que, a su vez, es también relativo. Si alguien me dice que va a llegar a una hora, primero pregunto: “¿hora normal u hora guatemalteca?” Porque aquí el reloj sirve como mero orientador. Lo normal es que el horario guatemalteco se retrase siempre con respecto al horario “normal”, pero… ¡cuidado! Mucho ojito con llegar tarde, porque ese día pueden ser puntuales y dejarte en tierra.

——-*————-*——-

Tiempo es algo que siempre me suele faltar hasta que me paro a pensar sobre ello. Si yo soy capaz de controlar mi tiempo en vez de al revés, he descubierto que puedo disfrutar de él e incluso dejarlo ir, darle un respiro.

Por días he estado angustiada ante la idea de tener que despedirme de “mis” peques. Después de tres meses rodeada de niños, de darles clases, de ducharles, pedirles que se cepillen los dientes, jugar con ellos, nadar con ellos, castigarlos cuando se portan mal, curarles sus heridas, leerles cuentos o desearles buenas noches; después de ser su “seño” y su referente materno/paternog, después de pasar por Casa Guatemala, de recibir un diluvio de cariño y de dejar allí un trocito de yyymí; después de todo eso y mucho más, no me resultaba nada fácil terminar mi plan de voluntariado y seguir mi camino. Mi avión aguardaba y vivir en la escuela no era sostenible son tener recursos de fuera. Para poder regresar debía, primero, encontrar fuerzas para marcharme.

——-*————*——-

El día en que me tenía que ir me levanté sin haber hecho siquiera mi equipaje. Me desperté temprano con la idea de ir en la lancha de Antonio, que sale a las 8:00 de la mañana. Fue entonces cuando el tiempo pasó a un segundo plano. Minutos después de las 6:00 de la mañana un grito de desesperación me sobresaltó en mi cuarto. Era un llanto aterrorizado, un inabarcable espanto manifestado en sonido.

Se trataba de una voz de niño o de niña pequeña. Primeramente pensé que alguien del pueblo traía a su bebé enfermo a la clínica en busca de ayuda. Pero el tono de terror que acentuaba esa llamada de auxilio me alertó sobremanera y, sin más, salí afuera para ver qué estaba pasando.

Detrás de un vivero abandonado, frente a la casa de voluntarios, entre los árboles, reconocí el mono azul de trabajo de Rogelio, el señor de ojos rojos y mirada torcida que se encargaba de cuidar los cerdos.

–¡Rogelio! -grité con determinación- ¿Qué pasa? ¿Hay alguien enfermo?

–no,… Em… Es sólo que… ud. ya sabe, yo no quiero que, em…

–Rogelio, ¿quien llora? ¿Alguno de sus hijos se siente mal?

Su español era poco claro. Su primer idioma es el q’ecqchí y, entre que no vocalizaba, que se le veía aturdido, y que no encontraba las palabras para expresarse, mi nivel de ansiedad fue en aumento. En ese momento entendí lo que estaba pasando, aunque no quise confesármelo a mí misma.

Rogelio seguía su discurso entrecortado intentando explicarse:

–Es que yo no quiero hablar con Seño Lili, porque Ud. sabe… no hace caso y la mamá lo manda que haga unos mandados y no hace caso y yo… no quiero… Seño Lili… porque los niños… Ud. sabe.

–¿Quién es? ¿Óscar? ¿Es su hijo Óscar quien está llorando?-insistí.

–No, no, no es Óscar. Es Elena.

En ese momento mis compañeras habían salido ya afuera para ver que sucedía. Su expresión era de incredulidad y horror. Ellas también lo sabían. Lo intuían. No hacían falta palabras para explicar que el aire se había vuelto denso de pronto y que costaba respirar.

–¿No habrá pegado usted a Elena? -me atreví a preguntar-. Rogelio, ¿ha pegado usted a su hija?

–Ja,ja -ríe él nerviosamente- los niños, Ud sabe… ellos gritan cuando uno los corre. No, nada. Él sale corriendo y yo… nada.

——-*————*——-

La niña hace tiempo que ha dejado de llorar. No se la ve por ninguna parte. aún no estoy segura de que sea Elena, porque Rogelio sigue hablando en masculino, probablemente por su idioma q’ecqchí.

–Tráigame a la niña -le ordeno, tajante.

Las otras dos chicas observan en silencio, sin atreverse a intervenir. Tenerlas ahí, apoyando con su presencia, me anima a no desistir.

–Traiga a Elena. Quiero darle un té a su hija para que se tranquilice.

Él sigue murmurando para sí mismo algo ininteligible y vuelve a adentrarse entre los árboles, por detrás del vivero. Yo apenas puedo verlo, pero mis ojos siguen clavados en su uniforme azul. No quiero perderle la pista ni por un momento. Para mi sorpresa, Rogelio regresa con su hija en brazos. Aún no quiere dejarla allí conmigo, pero yo ya sé la estoy quitando de las manos, atrayéndola hacia mí y llevándola hacia los asientos del patio.

–Hola Elena, preciosa, ven aquí. ¿Quieres desayunar?

Mi voz es casi un susurro, llena de dulzura hacia esta pequeña de tan sólo siete años. Rogelio, detrás de mí, habla a su hija en q’ecqchí, como aleccionándola. Pero yo no le hago ni caso.

–Mira -hablo cariñosamente a la niña-, podemos desayunar juntas. ¿Quieres un vaso de leche?

Elena me mira y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Al momento, las otras voluntarias entran en la casa y aparecen con una taza de leche caliente.

–¿Te gusta? -pregunta Tania sentándose junto a la niña.

Yo aprovecho para ir a la cocina y prepararle unas tortillas de maíz con Nutella. Como se suponía que iba a marcharme ese mismo día no tenía más que ofrecerle, pero pensé que desayunar una especie de crêpe con chocolate de untar no podía decepcionar a ningún niño. Al salir con mi plato, Rogelio aún seguía allí.

–Váyase a casa, Rogelio -Mi voz es tajante-. No se preocupe, que nosotros le llevamos a la niña cuando acabe de desayunar.

–Pero… -Rogelio no se da por vencido- deje que le cuente. Hace dos años ya pasó esto y luego Seño Lili habló con Armando, con el gerente… Y Armando vino a la casa y llegó a la casa y habló muy serio y yo… dijo que en prisión y que la policía y usted, seño, usted no entiende. Pregunte a la mamá.

–Está bien, Rogelio, váyase, que nosotras cuidamos de Elena. Ella sólo se va a quedar aquí tranquilita tomándose su leche.

Para cuándo él se fue, el resto de voluntarios ya estaban al tanto de lo que había pasado. Mara, una austríaca con estudios en psicología infantil, sacó un cuaderno y pinturas para entretener a la pequeña. Me dijo que me quedara junto a la nena mientras ella se iba a hablar con Seño Lili, la directora de la escuela. Yo le pedí que no fuera sola. No eran ni las seis y media de la mañana.

Ni qué decir tiene que esa mañana no. Acabé, o más bien ni empecé, a hacer mi equipaje la lancha de Antonio se fue sin mí y tuve tiempo de sobra para cambiar de planes. image

 

Una historia pasajera

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Ixlú 24
Tikal 59
 

La carretera ribeteada de verde a ambos lados. La furgoneta decorada con un par de banderas guatemaltecas adheridas al parabrisas junto a un lagarto amarillo de goma y un rabo de conejo colgando del cuello del reptil. Destino: Tikal. Hora aproximada de llegada: Saaaaabé (¡a saber!)

Tikal 34
Maneje con precaución
 

Unas vacas escuálidas pastan entre dos milpas. El vehículo pega un brusco bote sobresaltando a todos los ocupantes.

–¿Qué fue eso? -pregunta Elena a mi izquierda.

–Es un túmulo -responde el conductor.

–¿Túmulo?

–Sí, están en cada pueblo. Se habla de que los van a quitar. El otro día oí que decían que habían echado hasta 25 sacos de cemento en uno de ellos.

Poblado próximo
Ixlú
Puente sobre el río Ixlú
 

Tantito más tarde atravesamos El Remate, al otro lado del lago de Petén Itzá, frente a Flores. Nuestro guía entra entonces en la furgoneta. Se llama Rubén y nos anuncia que vamos a ver atardecer desde lo alto de un templo o de la pirámide del Mundo Perdido. Rubén empieza con sus explicaciones:

–Tikal está dentro de una jungla, un parque natural conocido como la reserva de la biosfera maya. 21.000 kilómetros cuadrados. Un mar verde, el tercer pulmón del mundo después de Amazonia y Australia.

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5:55pm Templo IV

No pasar
Estructura inestable. 
 

El sol en el oeste comienza a enrojecer. Subidos en lo alto del templo, después de 196 escalones de marcha, los guardas nos dejan entrar por debajo de las balizas que prohíben el paso. La parte trasera del edificio es la única orientada hacia el atardecer. El mar verde que nos describía Rubén en la furgoneta se extiende frente a nosotros. Somos un grupo variopinto: mis compañeras de voluntariado, Elena y Tania, vienen de Barcelona. Zach, canadiense, se ha unido a nosotras a ver si puede aprender catalán con ellas y añadirlo así a la larga ristra de idiomas que ya conoce. Itzíar y Merche viven también en la ciudad condal, aunque Merche es de Huesca. Hay además una pareja de Nueva Zelanda, algunos americanos, un belga y un par de franceses. Todos con la vista clavada en la distancia, en la perfecta esfera que se acerca cada vez más deprisa a las montañas del fondo. A las 6:07pm el color del sol es casi púrpura. Un rojo encendido que me hace pensar en África, a pesar de que nunca he estado allí. ¿Y no es este el mismo sol? ¿Idéntico al que se oculta cada día en cada lugar? No, no lo es. Cada atardecer es único, cada momento efímero. Cada historia, pasajera.
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Colorful transportation in Guatemala

image Have you ever heard of a public transportation called tuc-tuc? Well, Guatemala is full of them. It is similar to a three wheel bike to transport passengers on the back, but this one has a motor and no pedals. The first time I took a tuc-tuc it cost me 5 quetzal (less than US$ 1) and I had a total blast. These tiny vehicles are decorated with exotic paraphernalia. In the city of Fronteras, Rio Dulce, they are painted in red, with flashy rooftops, Real Madrid or Barcelona stickers everywhere, and a loud sound system. People use them as taxis and each small town is full of them. Just be aware of checking prices before taking one; in Antigua they should charge 15 quetzal to take you anywhere in town, but I didn’t ask and I ended up paying Q20 (less than US$3). imageOther colorful and efficient way to travel in this country is the chicken bus (here they call them camionetas). They are old American school buses, too old to drive children to school in the US, but good enough to ride crowds of passengers everywhere around Guatemala. The Lonely Planet guide says once a school bus reaches 10 years or 100,000 miles it gets auctioned and then travels all the way through Mexico to Guatemala, where it gets a new motor, wider seats, and a complete tune up. Each bus becomes then unique with shiny chrome touch ups, religious phrases all over, new closer seats to fit more people, and women’s names on the front. I even found one called María José!!!!

Chicken buses in Antigua, Guatemala

Chicken buses in Antigua, Guatemala

The bus ticket is really cheap and you will be seating by women dressed in their traditional dresses (beautiful “cortes” and “huipiles”), children, babies, shopping bags, men, and teenagers in uniform going to school. I took several of these buses. One, from the bus station in Antigua. There was no building there, no ticket window, just a line of buses and drivers shouting their destinations. You ask anybody and they will direct you to the right vehicle. I paid Q3 each way to go to Parramos, a small town 25 min away. The way there was less crowded than the way back, but I ended up having nice conversations with the locals and I felt always safe. There are no particular bus stops. People seem to know where to wait for these buses and you just call them from the roadside as you would call a taxi. A friend of mine told me in the past there had been some shootings killing most passengers when the bus owners hadn’t paid the gangs, but everything I read or heard when I asked was that the situation was now under control. Well, I might not choose a chicken bus for a long distance trip. I’d rather pay a little more for a line bus, but I have no problems using them for short distance trips. I actually enjoy this ride very much. Finally, I need to describe the transportation I keep using the most: the “lancha” or motor boat. working as a volunteer in the area of Rio Dulce, the only way to access my school is by boat. When I have a morning off to go to town, I call Antonio, a man who leaves in the near village of Brisas, and he picks me up at the school peer. His boat is always full of people. Many women go with their small kids, as they did in the chicken bus. The motor boat is not very fast, and it takes forever to go each way, but for 10 quetzal, a little bit over one US dollar, not only you get your way to Fronteras, but you also enjoy a pleasant boat ride on this beautiful river. Just one note, wear a raincoat in case of rain and a hat when it is sunny. With no roof nor canvas over your head, you are always exposed to weather conditions when you take the lancha.